Los Héroes del Alcántara

Durante el verano de 1921 el ejército español padeció lo que hasta ahora debe considerarse como su mayor derrota militar y que luego fue conocido como “El Desastre de Annual”. En este episodio murieron alrededor de unos doce mil soldados españoles, prácticamente todos ellos soldados de reemplazo, con escasa preparación, mal armados y deficientemente equipados. Si unimos a esto la desgraciada planificación estratégica llevada a cabo por el alto mando español, que desperdigó las tropas en ciento cuarenta y cuatro posiciones  a lo largo de la ruta que abarcaba desde Melilla hasta Annual, sin dotar estas posiciones con la debida protección, sistema de suministro de armas, alimentos y sobre todo agua, aquello estaba destinado inevitablemente a la mayor de las masacres.
Posición española masacrada
Los rifeños consideraron aquello como una invasión en toda regla, que de facto así era, y a pesar de la promesa de no levantarse contra el poder colonial español, vieron la posibilidad de asestar un duro y definitivo golpe que expulsara a los españoles de su territorio para siempre. Atacaron las posiciones españolas con especial salvajismo e inaudita crueldad, haciéndolas caer una tras otra, matando a todos sus ocupantes. En ocasiones, como en Zeluán, unas quinientas personas fueron asesinadas, los  oficiales tras rendirse fueron tiroteados, quemados vivos y los soldados pasados a cuchillo. La guarnición de Dar Quebdana, negoció la rendición, pero tras la entrega de las armas, fueron descuartizados con toda crueldad. Así se podrían relatar muchas otras atrocidades de aquellos fatídicos días.
La locura se apodera de las tropas, cunde el “sálvese quien pueda”, un ejército en total desorden, disperso, constantemente acosado, preso del miedo y la desesperación al verse indefenso, abandonado a su suerte y sin capacidad de reacción, intenta replegarse hacia Melilla, lo que consideraban su salvación. A ellos se unen comerciantes y civiles. Prácticamente todas las unidades pierden su cohesión y por tanto su mínima posibilidad para defenderse.
Las Cargas del Regimiento de Alcántara.
Tte.Coronel Primo de Rivera
Ante esta situación, en pleno desastre y con el repliegue desorganizado de los restos del ejército, únicamente una unidad militar se mantiene unida y perfectamente cohesionada conservando su capacidad de combate, el Regimiento de Caballería de los Cazadores de Alcántara. Su jefe, el  Tte. Coronel  Fernando Primo de Rivera y sus hombres son los encargados de proteger la columna española de los hostigamientos a los que eran sometidos por los rifeños.
Durante la caótica huida, se dejan en el camino heridos, armas y suministros. Los cañones abandonados son vueltos contra los españoles por los rifeños, los cuales obligan a los artilleros prisioneros a disparar contra sus propios compañeros bajo la amenaza de ser degollados allí mismo.
El Regimiento Alcántara se despliega a lo largo de la larga columna de agotados, famélicos, sedientos y desmoralizados soldados. El plan era claro, posiblemente una de las pocas órdenes con sentido que se dieron aquel día, la caballería protegería la retirada de la infantería. Los mandos sabían perfectamente que aquello conllevaba sacrificar el regimiento Alcántara. Los ataques que se esperaban por la retaguardia debían ser repelidos por cargas de caballería que permitiesen continuar la andadura de tan lamentable comitiva hacia Melilla y, así lo creían, la salvación.
1ª Carga
Al poco tiempo de iniciarse la marcha, los rifeños atacaron la columna. En principio se abalanzaron contra grupo adelantado de heridos, la caballería, liderada por Primo de Rivera desenvaina sus sables y efectúa la primera carga de aquel fatídico día 23 de julio.
Más tarde cuando la columna española en desbandada alcanza el cauce del río Igán, se produce un gran ataque de las harkas (agrupaciones de guerreros) rifeñas. Primo de Ribera se da cuenta de lo que aquello significaba y que estaba en las manos de sus escuadrones de caballería la salvación del ejército, por ello se dirige a sus tropas diciendo “¡Soldados! Ha llegado la hora del sacrificio. Que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos
Carga del Reg. Alcántara
Tras esta arenga, las cornetas marcan el principio de aquella heroica gesta que hoy le relato. Los escuadrones perfectamente en formación vuelven a blandir sus sables y cabalgan al galope y por un terrero adverso por su angostura levantando una gran nube de polvo. El ataque frontal de la caballería causa en los moros cierto desconcierto ya que hasta ese momento únicamente se habían enfrentado a soldados que se defendían en posiciones escasamente fortificadas o que, simplemente… huían. Los jinetes, conscientes de lo que representaba su ataque cargaron con toda la furia que pudieron generar, haciendo valer, quizás por última vez, el dicho de la caballería: “Si no tienes la vista del águila, la fiereza del león y la acometividad del tigre, pon pie a tierra, pues no sirves para formar en el huracán de la caballería”.
Al grito de ¡España! con sus sables brillando al sol, acometieron contra los moros, que abrieron fuego causando graves bajas entre los escuadrones. A pesar de ello, consiguieron llegar a su objetivo arrollando a los desconcertados rifeños.
2ª Carga.
Estos, una vez sobrepasados, vieron como de inmediato, a su espalda, se reagrupaba lo que quedaba de los valerosos jinetes y oyeron de nuevo como las cornetas volvían a sonar y aquel regimiento, ya muy diezmado, volvía sus grupas y efectuaba una nueva carga contra la retaguardia de aquellos que amenazaban la columna española, ya no había tantos sables brillando al sol.
Los del Alcántara alcanzan nuevamente su objetivo arrasando a los moros pero dejando la árida tierra de Marruecos llena de cadáveres de hombres y caballos. El regimiento estaba ya prácticamente destrozado, sus bajas eran muy cuantiosas, pero habían logrado causar entre los rifeños unas bajas muy superiores.
3ª Carga.
Los heridos eran innumerables entre los jinetes, sin embargo la fatiga y el dolor quedaba mimetizado por la heroicidad de sus actos y el torrente de rabia que corría por sus venas. Ante los incrédulos ojos de los marroquíes inician, contra toda lógica, una tercera carga que, con los caballos agotados, se produce al trote por ser éstos incapaces ya de galopar. Los moros disparan ahora contra blancos que se movían mucho más lentos, la sangría era atroz, pero nuevamente llegan hasta el enemigo y golpean sus posiciones con todo el ímpetu que fueron capaces de reunir. Los moros no entendían como aquellos diablos a caballo eran capaces de rehacerse y atacarles una y otra vez. El caballo de Primo de Rivera pereció al final de aquella tercera carga.

4ª Carga.
Al finalizar la tercera los mandos que quedaban del regimiento ven que la columna española que se retiraba no se había alejado aún lo suficiente para poder considerarla a salvo. Cumpliendo con la orden que se les había dado y el juramento de defender a la infantería hasta la muerte, inician una nueva carga, la cuarta. Esta carga se efectúa con los que habían quedado de la tercera, muchos de sus caballos y jinetes heridos, con los mulos utilizados para el transporte de los suministros e incluso a pie. En aquella última carga esta valerosa unidad queda definitivamente destrozada. De los 461 hombres que cargaron aquel día únicamente unos 70 sobrevivieron, los cuales continuaron escoltando la columna española en retirada.
Al finalizar aquella jornada el Regimiento Alcántara había dejado de existir como unidad de combate. Recibió por esta acción la Cruz Laureada de San Fernando en reconocimiento colectivo. Esta condecoración es la máxima condecoración militar que se puede conceder en España. Su concesión se retrasó por diversas circunstancias hasta la publicación en el Boletín Oficial de Estado de 2 de junio de 2012, noventa años después, el Real Decreto por el que se hacía oficial la concesión de esta distinción al Regimiento de los Cazadores de Alcántara, 14º de Caballería por “...los hechos protagonizados en las jornadas del 22 de julio al 9 de agosto de 1921, en los sucesos conocidos como 'El Desastre de Annual, donde dicha unidad combatió heroicamente protegiendo el repliegue de las tropas españolas, desde las posiciones de Annual hasta Monte Arruit, hasta el punto de que las bajas sufridas fueron de 28 jefes y oficiales de un total de 32 y de 523 de clases de tropa de un total de 685 en filas”.
Su jefe Primo de Rivera, moriría días más tarde en Monte Arruit a causa de la gangrena de una herida producida por una granada de artillería durante la defensa de aquella fortificación y después de habérsele amputado un brazo en vivo.
La última resistencia: Monte Arruit
Los restos del Regimiento Alcántara se unen a las fuerzas que resisten en Monte Arruit que, totalmente abatidas, difícilmente pueden ser consideradas ya como una fuerza de combate. Otra vez la sed, hace de aliado de los atacantes, el manantial se encuentra a 500 mtrs. de la posición. Llegando el momento en que se hace imposible realizar “aguadas” por verse totalmente cercados. Los soldados acaban con las últimas reservas, llegando a beber sus propios orines endulzados con azúcar y refrescados durante la noche al relente. El General Navarro es finalmente autorizado a rendirse. Dispone lo que queda de sus tropas, tras deponer las armas, para un repliegue hasta Melilla amparado por las honrosas condiciones de su rendición. Cuando salen de la posición los rifeños atacan a traición, despiadadamente, con saña y atroz brutalidad a los desprotegidos soldados. Tan sólo unos sesenta de los casi seiscientos que se habían rendido logran llegar a Melilla. Meses después cuando los españoles regresan a Monte Arruit encuentran los cuerpos de cientos de esos soldados españoles, entre ellos muchos de los del Alcántara, aún insepultos y terriblemente mutilados.
Melilla.
El día 23 de julio, a Melilla llegaban riadas de soldados agotados, aterrorizados y muchos de ellos perturbados por lo que habían vivido o visto en los pasados días. El desánimo primero, la desesperación después y finalmente el espanto y el miedo de verse la ciudad entera indefensa ya que en ella apenas había 1500 soldados, la mayoría de ellos de intendencia y oficinas, provocó una desbandada generalizada de la población hacia el muelle.
Esos acontecimientos tengo el honor y la suerte de poder relatarlos con pleno conocimiento, ya que me fueron directamente transmitidos por mi madre, a la cual se los relató con todo detalle, mi abuela. Ésta, llevada por los relatos de horror de los soldados que llegaban, el miedo, la histeria que recorría la ciudad y ante la certeza de que nada se interponía entre los moros y la indefensa población civil, cogió a sus cuatro hijos pequeños, uno de ellos un bebé que apenas andaba, y corrió con un atillo de ropa y unas pocas pertenencias de valor hacia el muelle de Melilla.
Se rumoreaba que el General Silvestre se había suicidado y de la columna del General Navarro en retirada no se sabía nada (estaban copados en Monte Arruit). Aquello era un verdadero caos, el pánico se dibujaba en las caras de la gente, una marea de personas, hombres, mujeres y niños se dirigían de un lado a otro de aquel estrecho muelle buscando un inexistente medio para huir de la ciudad. Los pocos soldados y marineros que guardaban el muelle se vieron arrollados por la muchedumbre, la masa estaba enloquecida, se atropellaba, se golpeaba, se insultaba en busca de una lancha o barcaza para escapar.
Aproximadamente sobre las dos de la tarde alguien gritó ¡¡viene un barco!!, aquella noticia corrió de boca en boca como la pólvora. A las tres de la tarde, poco más o menos, del día 24 atraca el “Ciudad de Cádiz”. Aquel barco apareció ante los melillenses cargado de tropas legionarias que se habían subido a los palos y saludaban agitando sus sombreros y sus banderas. Un oficial, que luego supo que era Millán Astray, se dirigió al gentío desde el barco. Mi abuela desde la lejanía no entendía lo que aquel oficial decía, pero lo cierto es que en cuestión de minutos,  todo cambió, descendieron del barco unos hombres sucios, barbudos, recios, decididos – los legionarios -, su sola marcha desfilando y cantando a través de las gentes provocó una multitud de vítores y aplausos. ¡¡Estamos salvados!! eran las palabras que ahora corrían entre los melillenses.

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