Kim Jong-un, un dictador muy hábil y poco errático

 
1 de enero de 2013. Había pasado un año de la muerte del 'Querido Líder' cuando los norcoreanos padecieron otra conmoción, menor pero significativa. Su nuevo líder, Kim Jong-un, el joven sucesor presentado cinco años atrás, resucitaba una tradición perdida durante casi dos décadas -todo el mandato de su padre- tras haber sido consagrada, año tras año durante medio siglo, por su abuelo: el tradicional discurso de Año Nuevo con el que el dictador felicitaba al pueblo y detallaba su agenda.
Kim apareció ante las cámaras con el uniforme del partido, traje oscuro estilo Mao, y el pin rojo con los rostros de sus predecesores en la solapa. Su flequillo se movía al ritmo de su cuerpo, que se balanceaba para desplazar su peso sobre cada pie alternativamente, como hacía su abuelo. Tras el estrado destacaban dos jarrones de 'kimilsunias', la flor creada en memoria de su abuelo, las 'kimjongilias' que honran a su padre quedaban en segundo plano.
Casi tan simbólico como fue el último discurso con el que felicitó 2018 a su pueblo. Lo hizo enfundado en un traje de chaqueta gris perla, con gafas de concha y cuidado corte de pelo marcial y voz ronca y firme, lejos de la suavidad de seis años atrás. Parecía otro hombre porque es otro hombre: un estadista que ha consolidado al país como potencia nuclear pese al aislamiento, capaz de amenazar con la destrucción de EEUU, y un dictador que, en tiempo récord, se ha afianzado con una tibia recuperación económica y una recomposición de la estructura del poder. Para ser exactos, parecía su abuelo.
Pese a las mofas internacionales, Kim, que hoy cumple años (entre 34 y 35, a falta de saber su año exacto de nacimiento), ascendió con un cuidadoso plan para preservar su estabilidad. "Si no se ha consolidado, está muy cerca de hacerlo", estima Ken Gause, autor de 'El Castillo de Naipes norcoreano' y director de investigación del think tank CNA. "El Séptimo Congreso del Partido [resucitado en 2016: el anterior fue celebrado en 1980] acogió el ascenso de muchas caras nuevas, y eso indica que ha designado a sus leales". El nombramiento de su hermana pequeña, Kim Yo-jong, en 2017 como miembro del Politburó reafirmó su indisputable liderazgo. "Otra indicación es su discurso de Año Nuevo: no llevaba la chapa con los rostros de su padre y abuelo. Eso puede indicar que se siente lo bastante seguro de su poder y que ya llena los zapatos del Líder Supremo", estima Gause.
"Tanto las estructuras institucionales como las redes de influencia informales que las sustentaban han cambiado bajo Kim Jong-un", explica Daniel Wertz, director asociado del Comité Nacional de Corea del Norte. "Ha reafirmado la primacía del Partido de los Trabajadores sobre el Ejército y ha recuperado algunas de las estructuras de la dirección del Partido, por ejemplo celebrando el primer congreso desde 1980. También ha eliminado la mayoría de las redes de mecenazgo vigentes cuando tomó el poder reemplazándolas con otras que le rinden una lealtad absoluta".

Olvídense de la imagen de loco errático porque "es sencillamente ridícula", apunta Gause. "Kim Jong-un basa en dos objetivos sus decisiones económicas y políticas: la supervivencia del régimen y la perpetuación de su dinastía", estima. "Si revisamos las medidas adoptadas desde que accedió al poder, responden a esos dos objetivos de forma pragmática y racional".
La revolución en el régimen ha sido total, considera Michael Madden, experto de '38 grados', el prestigioso blog de la Escuela de Estudios Avanzados Internacionales Johns Hopkins. "En los últimos tres años, Kim Jong-un ha formulado una nueva organización, ha reducido su gabinete y ha convertido el partido en una organización política con encuentros y con poder, cuando antes básicamente no tenía control", detalla. "Puede decirse que ha reseteado el partido, convirtiéndolo en una organización más transparente y formal en la toma de decisiones y le ha devuelto poderes que su padre monopolizó, otorgándolos a sus subordinados. Está intentando crear un sistema político funcional en Corea del Norte".
A ello se suma la consolidación de una agenda política destinada a fidelizar a la población. "Kim ha aplicado, como prometió, su estrategia de 'Byungjin', que combina el crecimiento económico y defensivo. Ha abierto la economía lo suficiente para hacerla más productiva y alumbrar una incipiente clase media en Pyongyang, sin llegar a hacer el tipo de reformas que podrían desestabilizar el régimen", apunta Wertz.
Falta por ver si tiene un plan para alimentar a su población pese a las draconianas sanciones y cumplir así su promesa de que los "norcoreanos no volverán a apretarse el cinturón", base de su primer discurso en 2012. Para Gause, "en una dictadura no importa lo que piense la población, pero parece que a Kim Jong-un sí le importa y sí cultiva la opinión pública".

Parecido con su abuelo

Para ello, explota su parecido con su abuelo. "El régimen intenta instalar en la mente del pueblo las semejanzas entre Kim y su abuelo: el corte de pelo y su ropa es similar a la que usaba Kim Il Sung en los años 40, como lo es el tono de los discursos o el hecho de que aparece en público con su esposa, algo que nunca hizo su padre pero sí hacía su abuelo. Todo eso evoca los recuerdos de una población que tiene una alta estima de Kim Il Sung", considera Geuse. "Corea del Norte funcionaba mucho mejor en los años 60 que en los 70, incluso cuando Kim Il-sung fue convertido en divinidad en el país, era una cultura política mucho más eficaz", recuerda Madden.
La ingente inversión soviética en la Corea del Norte recién creada por Kim Il Sung no sólo alumbró un país de las cenizas de la destrucción dejada por la aviación norteamericana: la inyección económica y la gestión de Kim Il-sung materializaron un boom económico que parecía un milagro y ensombrecía aún más la ruinosa situación de Corea del Sur tras la guerra fraticida. Sólo entre 1953 (año en que se firma el armisticio) y 1956, su gestión se tradujo en un crecimiento del 41,7% anual. Diez años después, se mantenía a un ritmo del 25%, algo remarcable en un país al que Washington destruyó a conciencia (provocando un millón de muertos y reduciendo a ruinas su sector industrial) con el objetivo declarado de que "nunca se recuperase, ni siquiera en 100 años".
El milagro se mantuvo hasta finales de los 60, cuando Pyongyang rompió con la URSS: en los 70, el crecimiento cayó por debajo del 5%, equiparándose al sur. En los 80, la globalización enriqueció a la Corea capitalista y, en los 90, con Kim Jong-il ya en el poder, las sanciones en respuesta al programa nuclear y la errática gestión se tradujeron en una acuciante hambruna que costó cientos de miles, sino millones, de vidas. Eso explica que Jong-un haya tomado distancias de su padre, sin abandonar algunos hábitos brutales como las purgas internas, de las que han sido víctimas muchos de los asesores heredados de su progenitor.
Su consolidación en el poder (y la eliminación de potenciales adversarios como su hermanastro, envenenado hace un año) desactiva una insurrección, explica Madden. "Las élites no hacen dinero mediante el régimen sino gracias al régimen. Si alguien osa desafiar a Kim políticamente, será eliminado, y la fuente de dinero que está manejando será transferida inmediatamente a otro miembro de la élite", continúa el experto.
"El régimen se basa en un delicado balance de poder y Kim Jong-un es muy hábil manejando las fuerzas que lo equilibran, y mucho más relajado de lo que creemos", destaca Madden. "No hay una oligarquía a la que tenga que satisfacer. En Corea del Norte, hay unos poderes básicos a los que someterse y todos saben que, si se saltan los límites con Kim o sus colaboradores, serán ejecutados. Y eso sirve para todos: su tío era multimillonario, controlaba las redes de patronazgo, y su suerte sirvió como ejemplo al resto".
Jang fue ejecutado cuando, según Geuse, Kim descubrió que "intentaba crear una red paralela de poder", en un mensaje a las élites alimentadas por su padre. "Dicho esto, el número de ejecuciones en Corea del Norte está muy exagerado", valora Madden. "Si es cierto que ejecuta a cualquier oficial que le molesta, los desfiles estarían vacíos", ironiza el experto.
Si bien la disuasión nuclear le garantiza una potencial seguridad de cara al exterior, la lealtad interna parece menos segura. "Dentro de Corea del Norte, hay un reloj que marca una cuenta atrás. No le preocupa la gente corriente, sino las élites que tienen mucho temor a las sanciones. Para colmar las expectativas de esa clase adinerada, tiene entre dos y cinco años. Si lo hace, tiene su legitimidad asegurada. Si no, no diría que le pueda costar el puesto, pero sí podría sentirse amenazado". El análisis de Gause es matizado por Madden. "Su gente es irrelevante en sus cálculos, y eso es algo que Washington no comprende. Es lo bueno de ser Kim Jong-un. La única gente a la que tiene que hacer feliz son las 20 máximas figuras del país e incluso a ellos puede darles la espalda. Lo curioso es que se toma en serio a la población norcoreana, aunque no tendría por qué hacerlo".

Mónica G. Prieto
Con información de El Mundo

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