Falange y vanguardia musical: El caso de Juan Tellería, un maestro en la sombra.



La figura y la obra del compositor y profesor falangista Juan Tellería (Cegama, 1895-Madrid, 1949) apenas ocupa una mínima nota a pie de página en las historias de la llamada música clásica española del siglo XX. Ante nombres tan prominentes como los de Falla, Albéniz, Granados, Turina, Guridi, los hermanos Halffter o Rodrigo, el recuerdo de Tellería apenas supone una referencia perdida en medio de la gran balumba bibliográfica de la historiografía musical. Si a ello se suma su condición de falangista y, como tal, su vinculación a la composición de la música del himno Cara al sol, escrito por encargo de Falange Española de las JONS, uno comienza a comprender las causas de dicho silencio mediático en torno a su figura y obra. Y es que Tellería, frente a lo que suele difundir la progresía sectaria de turno (la que monopoliza los espacios televisivos o los suplementos culturales de los medios de desinformación de masas), no fue un compositor anónimo, acartonado e intercambiable, sino una de las figuras más notables de la música española de la primera mitad del siglo XX. ¿Hipérbole desmesurada? ¡En absoluto!

Vayamos a su obra más conocida, el mentado Cara al sol, paradigma del himno duradero, cuyas calidades musicales ha sabido valorar un compositor y musicólogo tan avezado como Tomás Marco. Sobre el recio texto poético, el Maestro Tellería suministró una de las melodías más contundentes y duraderas del repertorio: la fuerza telúrica de la pieza, su tonalidad abiertamente estable, sin titubeos, bajo un cromatismo macizo y definido, otorgan pleno espíritu falangista al sentido del texto, creando una obra afirmativa y llena de vigor. Con independencia de cualquier lectura ideológica, ciñéndonos objetivamente a sus valores estéticos, el Cara al sol es un opúsculo musical de gran calidad y, por más de un concepto, supera en valor musical al mismísimo Himno nacional, aquejado de una retórica bombástica de todo punto ajena a la sobria rigidez solar de la partitura de Tellería.

Se puede afirmar de modo categórico que el Cara al sol ha eclipsado por completo la obra restante de Juan Tellería, minimizando sus restantes logros. Una obra de conjunto, la de Tellería, con la suficiente personalidad como para erigirse descollante sobre la de otros coetáneos suyos, menos dotados y, sin embargo, mucho más reputados de cara a la galería. Así y todo, la parte más copiosa de la producción de Tellería (al menos en cuanto a notas escritas sobre un pentagrama), reside en sus zarzuelas, plenas de alma falangista, bien escritas y solventes sobre las tablas, mas desgraciadamente eliminadas del repertorio desde decenios; cuatro títulos, al menos, relacionan a su autor con el género chico en su período de decadencia y agonía: El cabaret de la academia (1927), Los blasones (1930), El joven piloto (1934) y Las viejas ricas (1947). Acatando las convenciones del género, Tellería triunfa en una tierra de nadie plagada de estereotipos y fórmulas inmutables. El día en que España vuelva a ser una nación normalizada en cuanto a su patrimonio cultural (musical en este caso), convendría recuperar estas zarzuelas hilarantes, dignas rivales de las creaciones de Luna, Guerrero, Moreno Torroba o Sorozábal.


Quizá la parte musical más interesante de la producción de Tellería sea la netamente instrumental, ubicada en plenos años 10 y 20, cuando nuestro hombre abandona San Sebastián (en 1915) para instalarse en Madrid, ampliando sus estudios musicales junto a Conrado del Campo, uno de los mejores maestros de entonces y creador de gran talla. El fruto más perfeccionado de esta década es el poema sinfónico La dama de Aitzgorri (1917), donde el elemento nacional y la estética abigarrada cara al poema sinfónico decimonónico, entre wagneriano y simbolista, se conjugan en un logro magistral. Mayor suerte ha conocido su sobresaliente Andante y danza rústica para cuarteto de cuerda (1919), opúsculo grabado y ejecutado en reiteradas ocasiones, y que ratifica la superdotación del autor en la música de cámara, firmando una pieza sumamente personal, donde los motivos rústicos del título se aúnan en una estructura académica que no desmerece de Brahms o Max Bruch.


El genio de Juan Tellería también se manifestó con inusitado aplomo en la música cinematográfica, firmando, entre otras, una de las mejores columnas sonoras de la historia del cine falangista español: nos referimos a la película falangista por antonomasia, la excepcional y llameante Rojo y negro (1942) de Carlos Arévalo, un trabajo incomprendido y arrollador que todavía no ha encontrado su público. Dejando al margen el filme, obra maestra incontestable materializada a través de una puesta en escena radical y vanguardista como pocas, el trabajo musical de Tellería es sensacional, entre climático y onírico, en cuanto trasciende las consignas de la mera ilustración de las imágenes (por medio del típico, y burdo, comentario de las mismas) para adentrarse en parcelas recónditas del comentario musical: tonalidades quebradas, perturbaciones melódicas que anticipan experimentos atonales y dodecafónicos, pasajes de lirismo tonal neoclásico frente a momentos de desintegración del esquema académico, un dramatismo certero y del mejor cuño, inundan de tensión el curso de una narración irrepetible.

La muerte de Tellería, con tan sólo 53 años de edad, privó a España de uno de sus grandes ingenios musicales y más dotados docentes. El grueso de su obra aguarda ignota a que algún patriota la saque y desempolve del olvido en que reposa.




José Antonio Bielsa Arbiol

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