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martes, 10 de julio de 2018

Memoria histórica de Calvo Sotelo


«La declaración en sede judicial del chófer de la furgoneta-ambulancia que trasladó el cadáver de Calvo Sotelo al cementerio del Este, inédita hasta hoy, permite aventurar la existencia de una conjura organizada y planificada desde círculos dirigentes de partidos de izquierda tres meses antes a la noche de aquel crimen. Este testimonio echa por tierra que el magnicidio fuera una represalia al asesinato un día antes del teniente Castillo». 


En el archivo de mi biblioteca obra un folio judicial, seriado y numerado, que me fue regalado por un amigo, compañero mío de la Inspección de Trabajo, el cual lo encontró entre los papeles de su difunto padre, el magistrado don Francisco García Vázquez, que en los aciagos días de 1936 era juez de primera instancia e instrucción. 

El escrito contiene la declaración efectuada en sede judicial por uno de los intervinientes en el asesinato de don José Calvo Sotelo en la madrugada del 13 de julio de 1936. El declarante, llamado Blas Estebarán Llorente, manifiesta ser el chófer de la camioneta-ambulancia que, según sus afirmaciones, trasladó hasta el cementerio del Este el cadáver del político asesinado.

Su relato considero que tiene una relevante importancia histórica ya que muchas de sus aseveraciones entran en total contradicción con hechos dados por ciertos hasta hoy. Hace constar que ¡tres meses! antes del crimen, el dirigente comunista Jesús Hernández, ministro en la guerra civil, acompañado de un tal Antonio López, «le indicó que contaban con él para llevar a cabo un servicio con su camioneta-ambulancia».

Esta afirmación, inédita hasta ahora, permite aventurar la existencia de una conjura organizada y planificada desde bastante tiempo antes a la noche del crimen urdido desde círculos dirigentes de los partidos de izquierda, avalando así la tesis de quienes sostienen que además de a Calvo Sotelo, la madrugada de antes se intentó asesinar también a Gil Robles y a Antonio Goicoechea, los cuales se salvaron por no encontrarse en sus domicilios, circunstancia que impidió que la razia criminal de aquella noche descabezara violentamente de sus principales dirigentes a los partidos de la oposición parlamentaria al gobierno del Frente Popular.

Añade a continuación el encausado, que no fue hasta el mediodía del 12 de julio de 1936 cuando se le encargó que al terminar sus servicios en el Parque de Sanidad, se reuniera con los ya citados Jesús Hernández y Antonio López.

Manifiesta que sobre las nueve menos cuarto de la noche, se reunió con ellos en un bar de Moncloa y sin cenar se trasladaron con la ambulancia hasta la plaza de Manuel Becerra, donde aparcaron. Ese fue el momento, en que, según su declaración, Jesús Hernández le comunicó que allí tenían que esperar a otro coche que transportaría «el cadáver de Calvo Sotelo, a quien aquella noche tenían que asesinar» (sic).

Estas afirmaciones, de ser ciertas, echan por tierra la interpretación histórica mayoritaria mantenida hasta hoy de que la muerte de Calvo Sotelo fue un acto de venganza perpetrado por miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado en represalia por el asesinato un día antes del teniente Castillo a manos de pistoleros falangistas, aunque el historiador Ian Gibson imputa el atentado contra Castillo a un comando carlista.

Sin embargo, lo que más sorprende, y para mí lo más importante de la declaración de Estebarán Llorente, es cuando afirma que de sus averiguaciones el autor de los dos disparos que alevosamente se descerrajaron sobre la nuca de Calvo Sotelo, fue el teniente de los Guardias de Asalto Máximo Moreno y consiguientemente no, tal como se consideraba hasta hoy, el pistolero desgraciadamente de origen coruñés Luis Cuenca Esteras, miembro de la milicia socialista «La Motorizada».

La narración termina con una dramática exposición de los hechos. Alrededor de la una de la madrugada llega a la plaza de Manuel Becerra un coche «hispano» sin matrícula, de la Dirección General de Seguridad, desde el que le ordenaron que los siguiese. Pasado un trecho, pararon ambos vehículos al llegar a la Carretera del Este, momento en que transportaron del coche a la ambulancia el cadáver de Calvo Sotelo y siguieron hasta el Cementerio del Este. Allí, y cito textualmente, «Jesús Hernández y Antonio López, tirando de los pies del cadáver, lo hicieron caer sobre la carretera, causando con el estribo del coche nuevos destrozos en el cuerpo y abandonándolo en la cuneta, regresaron a Madrid».

Finalmente, resulta de interés la relación de los nombres de quienes indica viajaban en el coche «hispano». El conductor era Baldomero Sanz, quien llevaba a su lado a Julio Bueno; detrás, en la banqueta del coche, iban Isidoro Castiñeira, el teniente Moreno y entre ellos el cadáver, yendo en el asiento posterior Luis Linares. Todos ellos, excepto el teniente Moreno, declara que eran agentes de Policía, conocidos suyos.Hasta aquí los aspectos más novedosos del magnicidio, que aporta esta declaración desconocida, o al menos no descifrazada hasta hoy.

El asesinato de Calvo Sotelo siempre tuvo zonas de sombra nunca aclaradas, motivadas en gran medida por el muy sospechoso robo que, ya iniciada la guerra civil, llevaron a cabo el 25 de julio un grupo de milicianos en las mismas dependencias del Ministerio de Gobernación, de donde sustrajeron todos los documentos de las investigaciones hasta entonces efectuadas, circunstancia que ocasionó la pérdida de parte de las pruebas científicas realizadas por los forenses y las actas de los interrogatorios a los principales sospechosos.

Confío en que lo datos aportados contribuyan a mejor conocer y aclarar algunos de los puntos oscuros de aquel ignominioso crimen de Estado. Es tarea que corresponde a los historiadores. Yo me limito a ser un mero divulgador que da a conocer un documento que accidentalmente llegó a mis manos y que por su contenido considero puede ser importante.

PD: De entrar en vigor la nueva ley de Memoria Histórica presentada en el Congreso por quienes actualmente okupan la dirección del PSOE, el contenido del presente artículo podría llegar a acarrearme una pena de hasta cuatro años de cárcel, por mantener una opinión divergente con la «verdad única» que hoy se nos intenta imponer desde el afán revanchista imperante, que sectariamente busca acabar con el espíritu de reconciliación nacional que, con la generosidad de renuncias de unos y otros, supimos construir los españoles en el proceso de la Transición democrática.

 Francisco Vázquez Vázquez

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