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miércoles, 1 de agosto de 2018

¿Revolución social?

Todo indica que así puede ocurrir. Las estructuras mentales y sociales que han sostenido este orden mundial capitalista, materialista y consumista, hace tiempo que se están derrumbando, pero nunca como en estos momentos. Parece que están llegando a su fin, al no saber enfrentar adecuadamente la difícil situación por la que atraviesa hoy la humanidad y el Planeta; situación creada —ya desde lejos— por ese mismo «orden» (mejor desorden) mundial. Por un lado, los poderosos, los tecnócratas —y los políticos de uno y otro signo que bailan a su son— no hacen más que dar palos de ciego, con el fin de que las clases privilegiadas sigan ostentando el máximo poder, en medio del lujo, de privilegios e inmunidades, aunque sea a costa de un empobrecimiento y un sufrimiento cada vez mayores de las clases medias, y sobre todo de las más bajas.




Por otro lado, los ciudadanos, tanto de los países más pobres como de los menos pobres, están despertando y tomando conciencia (como nunca había ocurrido, debido a los avances de la ciencia y la tecnología) de los abusos de las clases más privilegiadas y del fondo que subyace detrás de todas esas duras e injustas medidas sociales —aparentemente necesarias— que están llevando a cabo los que gobiernan el mundo desde la sombra, con la aquiescencia de unos políticos ambiciosos que no saben estar a la altura de las circunstancias que les ha tocado vivir.

La clase dominante presenta estas duras medidas como necesarias para el bien de toda la sociedad, debido a una crisis mundial que nos quieren hacer ver que ha llegado por casualidad. Dice el psicólogo y filósofo E. Fromm, a este respecto, que el grado de satisfacción que ofrece la clase social más poderosa a aquellos a quienes domina, depende del nivel de las posibilidades económicas disponibles y también del hecho de que es menester conceder un mínimo de satisfacción a quienes son dominados a fin de que puedan seguir funcionando como miembros cooperantes de la sociedad. Pues bien, parece que los actuales gobernantes mundiales están olvidando hasta ese «mínimo de satisfacción», tanto están apretando el cinturón de los demás, no el suyo. De ahí la revolución que se avecina.
A este respecto, bueno sería recordar que toda revolución dominada por el odio y la venganza, por la ambición y el afán de poder, termina en dictadura, en abuso de poder, en quitar a unos para ponerse otros. Por eso, es necesario considerar que, hoy, las revoluciones han de ser pacíficas y democráticas, pero firmes e insistentes, para que tengan éxito, terminen con los privilegios de los poderosos y consigan una verdadera transformación social, propia de una auténtica democracia, con un reparto justo de las riquezas y con la idea central de que gobernar es servir, no abusar y enriquecerse.
Todo esto no se puede conseguir más que elevando el nivel de conciencia y responsabilidad, individual y social, junto al de conocimientos de los ciudadanos; es decir, con una verdadera educación, que comienza en la infancia y sigue en la adolescencia y la juventud, y cosecha sus frutos en la etapa adulta. Por eso, el actual Gobierno español está cometiendo graves errores al olvidar que la educación, junto a la salud, son los dos pilares esenciales en que se debe asentar una sociedad próspera y sana mental y socialmente. La irresponsable actitud del Gobierno en esta materia, recuerda lo que ha dicho recientemente uno de los hombres que más está ayudando a la humanidad, en estos momentos cruciales, el médico alemán Dr. Matthias Rath, en su dramático Llamamiento a la población alemana, a Europa y al mundo, que merece la pena conocer. Entre otras cosas, dice lo siguiente: «Las clases dirigentes no se muestran reacias a arrastrar continentes enteros al abismo cuando su poder está amenazado», y en otro lugar afirma: «Cuando los agentes políticos del cártel de Bruselas y los de sus propias capitales hablan de prosperidad, no se refieren a la prosperidad general, sino a los beneficios del cártel químico, farmacéutico y petrolífero, y a los bancos». El Dr. Rath ha sabido dar en el blanco.


Los poderosos y los gobernantes que, hoy, no asuman que la etapa de las plutocracias, las aristocracias, las autocracias, y en general, de los gobiernos absolutistas y despóticos (presentes, a veces, en las democracias formales), está llegando a su fin, son verdaderamente ciegos y constituyen un peligro para el mundo moderno, porque viven fuera de la realidad social de un nuevo siglo y un nuevo milenio, en que se pretende llevar a cabo una transformación social sin precedentes en la historia humana, fruto de una nueva visión del mundo y de la sociedad; se pretende, en suma, construir la auténtica democracia participativa y responsable, en la que caben todos los ciudadanos y todos ellos son iguales, de derecho y de hecho, ante las leyes.

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