El Frontón de Anoeta. Mitin de Fuerza Nueva en 1978


.... ETA había vuelto a matar, y se temía que no se atrevieran a acudir muchos de nuestros simpatizantes vascos por temor a posibles represalias provenientes del entorno abertzale. Ante esta razón, Piñar dio orden expresa a las delegaciones provinciales de fletar vehículos de transporte e informar a los militantes de la gran importancia de acudir todos los afiliados posibles. Pretendía conseguirse un rotundo éxito de asistencia al mitin. La respuesta de las bases resultó ejemplar y miles de personas se comprometieron a asistir. De Valencia salieron varios autocares y, junto con los del resto de provincias, sumaron una auténtica flota. Por aquel entonces, yo tenía catorce o quince años y mi familia ignoraba por completo que desde pocos meses atrás formaba parte de Fuerza Joven, las juventudes de Fuerza Nueva. El viaje me costó cien pesetas de entonces, el resto lo puso el partido. Así conseguían movilizar a muchos jóvenes a los actos que realizaban. Durante el trayecto entonamos canciones del Frente de Juventudes, pero instintivamente y a pesar del buen ambiente reinante en el autobús, temíamos lo que podría ocurrir tan pronto como llegáramos a nuestro destino. <>, representada por varios militantes nuestros, difundió en las jornadas anteriores al viaje un rumor: Los etarras planeaban un atentado contra los asistentes. El ambiente en nuestras filas rozaba la crispación. Algunos compañeros de viaje mostraban pistolas. -Ésta se la van a comer los putos etarras -dijo uno de ellos, mientras empuñaba un viejo pistolón que habrían desechado por anticuado en tiempos de la República. Jamás había visto hasta entonces una pistola tan cerca. Con un hilo de voz pregunté a mi compañero de asiento: -¿Crees que va a haber jaleo? -No lo creo. ¡Seguro que hay!- sentenció dándose aires de importancia-. Pero no temas, vamos preparados. Sentía pavor, si pasaba algo... ¿Qué explicación daría a mis padres? Dejé de pensar en ello, probablemente no ocurriría nada. Pero me equivoqué. Todos los autobuses provenientes de las diversas delegaciones quedaron en reagruparse antes de entrar en el País Vasco, parecía lo más seguro. El lugar elegido fue un bar de carretera con una gran explanada. Así la flota estacionaría tranquilamente y podríamos vigilarla. En el interior del bar sólo se oían exclamaciones del tipo ¡arriba España! y vivas a Cristo Rey acompañadas siempre con saludos brazo en alto al estilo fascista. Mientras tanto, cientos de personas ataviadas con camisas azules y llamativas boinas rojas cantaban de forma enardecida antiguas melodías de campamento. La edad de los presentes rondaba los veinte años, aunque abundaban sexagenarios y, sobre todo, jóvenes como yo, aún lejos de la mayoría de edad. Cerveza y alcohol corrían a mares, todos sabíamos lo cerca que nos hallábamos de nuestra meta y temíamos, aunque en el fondo ansiábamos, lo que podía aguardarnos allí. Una vez llegaron los más rezagados, proseguimos el viaje. Impresionaba ver como más de doscientos autocares en hilera escoltados por cientos de automóviles con distintivos de las regiones españolas se adentraban en Vascongadas.


La suerte estaba echada. Los vehículos iban desplegando a su paso multitud de banderas nacionales engalanadas con el águila de San Juan y estandartes rojos y azules, el distintivo de Fuerza Nueva. Algunos coches, los menos, portaban enseñas rojinegras falangistas con el yugo y las flechas, y otros, emblemas carlistas. El ambiente parecía de lo más variopinto. El acto iba a tener lugar en un frontón de San Sebastián. Un impresionante dispositivo policial cubría toda la zona. A la entrada de la ciudad, grupos de simpatizantes abertzales lanzaron piedras y huevos contra algunos autobuses, pero la decidida actuación de nuestros militantes más avezados, hizo que desistieran de su actitud y el asunto no llegó a mayores... al menos en ese momento. El plato fuerte lo habían preparado para más tarde. Los autocares nos dejaron a las puertas del sitio elegido, y sus conductores los estacionaron en un solar cercano. Hasta donde alcanzaba la vista, únicamente divisábamos furgonetas blancas de la policía, las famosas lecheras, como todo el mundo las denominaba. Mi jefe de línea dispuso que me quedara en el exterior, en uno de las muchos puestos de propaganda y venta de artículos que instalábamos siempre. En mi mesa nos situamos media docena de jóvenes acompañados por un militante veterano; la colocamos junto a los muros exteriores del frontón, a escasos diez metros de la puerta principal del mismo. A nuestra derecha, dos o tres <> permanecían aparcadas, y multitud de agentes de uniforme nos observaban impasibles. Al poco de comenzar el mitin ocurrió. Se iniciaba el acto cuando empezaron los disparos provenientes de fincas aledañas. En un principio, en la calle, pensamos que sonaban petardos, pero los gritos de pánico del interior del local nos sacaron del error. Según supe luego, cuando Blas empezó a hablar en ese frontón sin cubierta alguna, comenzaron los tiros. Varios francotiradores proetarras apostados en las cercanías iniciaron su macabra música contra los asistentes a la concentración. Todo el mundo se tiró a tierra, pero el líder de Fuerza Nueva no se inmutó y empezó a cantar, brazo en alto, el Cara al sol. Ante esa actitud, el gentío prorrumpió en vítores y juntos entonaron el himno. En el exterior todo parecía distinto. Tan pronto nos percatamos que eran disparos, y no <> como en principio creímos, muchos jóvenes nos escondimos bajo los coches aparcados en un intento desesperado de eludir las balas que silbaban sobre nosotros. Me veía muerto y destrozado en el centro de un charco de sangre, y sólo venía a mi cabeza una idea: ¿cuál sería la actitud de mis padres si supieran que permanezco en medio de un tiroteo en San Sebastián, en vez de en casa de un amigo como les dije? No quise ni imaginármelo y rogué a todos los santos que no llegaran a enterarse jamás... si salía de ésa, claro. Ante situación tan dramática me quedé petrificado. Ocurrió una anécdota muy curiosa: cerca de nosotros se encontraba un hombre ochentón. Mostraba un paso lento y fatigado, andaba encorvado a la vez que su tez arrugada denotaba el sufrimiento de una vejez mal llevada. Llamaba mucho la atención su apariencia externa, vestía un desproporcionadamente largo y usado gabán gris repleto de insignias y medallas, la prenda casi rozaba el suelo. El anciano se hallaba comprando pegatinas de Franco en una mesa cercana.

De pronto, cuando comenzó el tiroteo y mientras todos nos echábamos a tierra, abrió bruscamente su larga gabardina, y como si de un cowboy se tratara, sacó un enorme pistolón y comenzó a disparar a ciegas contra quienes intentaban acribillarnos. Su acción la secundaron los miembros del servicio de seguridad de Fuerza Nueva, sacando sus armas y respondiendo también a la agresión. Reinaba un auténtico caos. Por una parte los independentistas vascos disparaban sin tregua contra nosotros; desde nuestros refugios notábamos los impactos en las paredes cercanas aunque no podíamos ver a los tiradores por ningún sitio. De igual forma, gran cantidad de militantes de Fuerza Nueva y antiguos Guerrilleros de Cristo Rey repelían a tiros el ataque, y en medio del guirigay, entre estampidos y gritos entremezclados de unos y otros. El aire traía las estrofas del Cara al sol uniéndose a las estridentes sirenas de los vehículos policiales.

J.C.

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