Salvad a José Antonio - Diario Alcázar

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lunes, 5 de noviembre de 2018

Salvad a José Antonio


Traslado a Alicante
José Antonio Primo de Rivera, líder de Falange Española, fue detenido el 13 de marzo de 1936, no volverá a estar libre. También fueron apresados casi todos los mandos de Falange y del Sindicato Español Universitario, la mayor parte serían asesinados. El oficio de detención de José Antonio decía simplemente: “detenido por fascista”. La justificación legal aducida a posteriori es que el sello de clausura del local de FE de las JONS había sido roto. Dos días permanecen los falangistas en los sótanos de la Dirección General de Seguridad. «La policía era de hecho mucho más rigurosa con éstos [los falangistas], mientras que, las más de las veces, hacían la vista gorda con los izquierdistas que atacaban a los falangistas».
José Antonio en los calabozos gastó una broma a un amigo y dijo que los sellos de clausura en el local falangista los había roto el director general de Seguridad «con sus cuernos». Fue juzgado por ello del 28 de marzo: injurias y desacato a la autoridad. Primo de Rivera desplegó su erudición sobre el uso honorable de la palabra “cuernos” como símbolo de poder. La hilaridad reinaba en la sala. Condenado en primera instancia, fue absuelto en el Tribunal Supremo.

Desde la cárcel, ante la ilegalización y persecución republicana, ordena el paso de Falange a la clandestinidad «con todos sus efectivos orientados hacia la lucha armada». En la circular reservada para los jefes escribió: «Primero. Se procederá a la organización clandestina, conforme al sistema celular de la Falange. Segundo. La sustitución inmediata de los jefes presos, apelando a la base, conforme al sistema de renovación de las JONS. Tercero. La revisión, uno por uno, de los elementos y la movilización de toda la Falange. Cuarto. El encuadramiento por distritos, zonas, sectores, localidades y JONS. Quinto. La reorganización de la primera línea. Sexto. La incorporación del SEU a la Milicia y su encuadramiento en la primera línea. Séptimo. Pasar a la ofensiva. Octavo. Procurar armas y medios de transporte». Estaba fechada en Madrid, a 20 de marzo de 1936.

La popularidad del jefe de Falange crece, cuando su partido es proscrito y él preso. «El diario Ya llevó a cabo su propia encuesta referente a las preferencias de sus lectores, José Antonio era el líder favorito con 38.496 votos, seguido de Calvo Sotelo y Gil Robles con más de 29.000 cada uno». Además, había empezado la desbandada de las juventudes de la CEDA y de Renovación Española exasperados ante «la actitud contemporizadora que mostraban sus dirigentes ante los nuevos poderes... José Antonio habla de quince mil [nuevos afiliados] entre enero y junio... Ximénez de Sandoval calcula en unos setenta mil entre marzo y junio». Más de dos mil falangistas estaban presos ya en cárceles y checas republicanas. Los cuadros de mando se ven anegados por la marea de nuevas afiliaciones, sin ficheros al ser clandestinos.

Imagen relacionadaEl cuatro de mayo distribuye una circular de José Antonio titulada “Carta a los militares españoles”. En ella el joven Primo de Rivera citaba a Oswald Spengler. Siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización. Los contactos con los militares se centralizaban en el teniente coronel Juan Yagüe, miembro de Falange. En privado, José Antonio esperaba poco. Según Ansaldo, José Antonio comentó: «Es inútil contar con los generales en activo. Son unos gallinas y Franco el gallina mayor». Andino, jefe provincial de Burgos escuchó cosas parecidas: «No tenía ninguna fe en ellos [los generales]... me dijo: en general, con los militares no hay nada que hacer. En Madrid la cosa está perdida». José Antonio ya había escrito que los proyectos políticos de los militares no suelen estar adornados con el acierto. Su padre, el general Miguel Primo de Rivera, fue dictador de España entre 1923 y 1930.  

En la noche del 5 de junio de 1936, el director de la Cárcel Modelo de Madrid, Martínez Elorza, manda conducir al recluso José Antonio Primo de Rivera a su despacho. Como ironía el jefe falangista ocupa la misma celda que antaño habitó Francisco Largo Caballero, “el Lenin español”. El diálogo es breve, el director comunica a Primo de Rivera que, al cabo de unos minutos, será trasladado con su hermano a la Cárcel de Alicante. El líder de Falange «protesta airadamente –muchos, en la Modelo, conocen la viveza de su genio– y denuncia la ilegalidad de tan inesperada medida». No son tiempos propicios para derechos inviolables. 

Los falangistas presos rechazan el traslado. La apelación es desoída y la Policía les traslada en coche a la prisión de Alicante. Al hacerlo así, probablemente les han salvado la vida y evitan caer en las sacas de presos de Madrid asesinados en las que murieron, entre otros miles, Julio Ruiz de Alda, Ramiro Ledesma Ramos, Nieto, Valera, Muñoz Seca... Durante el viaje, José Antonio intentó convencer a los agentes que le custodiaban de que huyeran a la frontera portuguesa, en lugar de a Alicante pero el comisario se mostró inflexible.

Casares Quiroga, nuevo primer ministro de la amalgama frentepopulista, ya advirtió que el Gobierno no era neutral: «Declaro oficialmente que el gobierno es beligerante contra el fascismo». El seis de junio José Antonio le responde en No Importa, boletín de los días de persecución: «YA NO HAY SOLUCIONES PACÍFICAS [las mayúsculas son de Primo de Rivera]. La guerra está declarada y ha sido el Gobierno el primero en proclamarse beligerante. No ha triunfado un partido más en el terreno pacífico de la democracia; ha triunfado la revolución de octubre: la revolución separatista de Barcelona y la comunista de Asturias; la que asesinó al capitán Suárez por mano del traidor Pérez Farrás y la que incendió la Universidad de Oviedo... se da prisa por aniquilar todo aquello que pueda constituir una defensa de la civilización española y de la permanencia histórica de la Patria: el Ejército, la Armada, la Guardia Civil...y la Falange».

El 8 de junio la Sala Segunda del Tribunal Supremo reconoce la legalidad de Falange. A pesar de ello, el jefe falangista continúa preso. En el número dos de No Importa (tres en total editaron), José Antonio denuncia que el Gobierno desobedece al Tribunal Supremo y burla la ley.

En Alicante también se producen fusilamientos incontrolados. El dirigente socialista Indalecio Prieto, refería uno en grado de tentativa: «El gobernador [de Alicante] había comunicado a Madrid lo que se tramaba. Pretendíase sacar aquella misma noche [2 de agosto] de la prisión a los tres detenidos [José Antonio, su hermano Miguel y su esposa Margot], bajo pretexto de conducirles a Cartagena y, a mitad de camino, pasarles por las armas. El presidente de la República, Manuel Azaña, y el jefe del Gobierno, José Giral, luchaban para evitarlo. El gobernador se veía impotente para obedecerles. Sus esfuerzos eran nulos ante el anarquista Comité de Orden Público, que ejercía la autoridad efectiva, como otros comités en diversos territorios. Entonces, aunque yo no formaba parte del Gobierno, se apeló a mí. Llamé por teléfono a Antonio Cañizares, echando sobre los componentes del Comité toda la fuerza de su limpia historia política y sindical, logró persuadirles de que no debían interponerse en la acción de la justicia» . Al igual que su traslado le evitó las sacas de asesinatos en Madrid, José Antonio se ha salvado de ser asesinado a tiros en una acequia. Su cita con la muerte tenía otra fecha. Durante las primeras seis semanas en Alicante, José Antonio recibe mil quinientas solicitudes de visitas. Ante la declaración de fascismo que hace Calvo Sotelo el 16 de junio, José Antonio replica en el último número de No Importa: «Aviso a los madrugadores. La Falange no es una fuerza cipaya. Le replicó desde La Época el militar Jorge Vigón: «...la tarea a la que se entrega... es la de convencer a quienes le rodean de que esta o aquellas expresiones felices son parte de su fértil ingenio...es esencialmente femenino. Gusta de lo brillante, de lo vistoso, de lo nuevo».

El 12 de agosto de 1936, los funcionarios de la prisión de Alicante afirmaron haber descubierto dos pistolas que tenían ocultas José Antonio Primo de Rivera y su hermano. Primo de Rivera alegó que era una trampa para a incriminarle. El Comité señaló este episodio como una prueba del régimen laxo que habían tenido en la prisión. Abrieron un nuevo proceso contra ambos hermanos por tenencia ilícita de armas. Esto justificaba que se les mantuviera encarcelados a pesar de la resolución en contra del Tribunal Supremo. El líder de Falange no había podido ser liberado en julio, al iniciarse el alzamiento contra el gobierno del Frente Popular. Era previsible un proceso rápido y mortal. En septiembre, comenzaron los primeros intentos de rescate de José Antonio desde el fracasado del 19 de julio de los falangistas de Callosa. En los intentos frustrados de rescate tuvieron un papel predominante algunos rebeldes, Franco y extranjeros, en su mayoría alemanes.

Falangistas supervivientes de Callosa de Segura. 
Candidato
Una de las formas de salvar a José Antonio era la inmunidad parlamentaria. Las fuertes irregularidades en las elecciones de Cuenca y Granada hicieron que se repitiesen. Serrano Suñer consiguió que la CEDA aceptase incluir A José Antonio como candidato por Cuenca. En la misma lista se incluyó al general Franco. Primo de Rivera protestó alegando que era una provocación para las izquierdas, ya de por sí exaltadas, también reducía las posibilidades de José Antonio que se jugaba la vida si continuaba en prisión. Serrano Suñer viajó a Tenerife y Franco aceptó retirar su candidatura. Todo fue inútil. El Gobierno dijo que las elecciones se considerarían una segunda vuelta y sólo concurrirían los que hubiesen tenido un 8% en las realizadas en febrero. La CEDA le mantuvo en el número 1 de la lista por Cuenca pero fue inútil porque la Junta Electoral se negó a contabilizar sus votos. Aquí terminó la posibilidad de que José Antonio obtuviese un acta de diputado. Era muy posible que hubiese sido elegido dado que la provincia era relativamente conservadora y había votado a la derecha en 1933.

La milicia socialista “La Motorizada” recibió oficialmente atribuciones de agentes de la ley en las elecciones en Cuenca. Los dos primeros días de mayo ardieron varias iglesias y todos los locales de derechas, incluida la CEDA. El gobierno ordenó la detención preventiva de cientos de derechistas. Hubo de habilitar cárceles especiales. Serrano Súñer demostró en el Parlamento que José Antonio merecía un escaño con las cifras de Cuenca en la mano, pese a la coacción de las secciones de asaltos socialistas y al fraude electoral del gobierno frentista. Propuso cambiar el escaño de un diputado de la CEDA por Primo de Rivera. El Gobierno se negó. «Las elecciones de Cuenca no fueron más libres que las lecciones de marzo de 1933 en Alemania».

Mayalde
El conde de Mayalde, amigo de José Antonio y antiguo diputado de la CEDA, y Fernando Primo de Rivera idearon un plan para liberar a José Antonio contando con la complicidad de funcionarios de prisiones en Alicante. Éstos llegaron a facilitar llaves para las puertas de la prisión que resultaron ser falsas. La huida estaba planeada en un hidroavión de una base naval cercana. El momento coincidiría con el Alzamiento. El 13 de julio, Fernando Primo de Rivera es detenido.

Alzamiento en Alicante
José Antonio envía un mensaje a mediados de julio al teniente falangista Santiago Pascual, le pide que los soldados asignados por esas fechas a la guarnición de la prisión sean adeptos. El 17 de julio el comandante Barba Hernández comunica a José Antonio que no intente nada porque la rebelión está cerca. El general García Aldave detiene el Alzamiento al esperar instrucciones de Valencia. Al saberlo, José Antonio pide que le peguen un tiro al general. Comprende que es la derrota en Alicante. En los cinco primeros meses de guerra civil son asesinados en zona republicana más de dos mil falangistas, veteranos y nuevos.

En agosto, José Antonio se propuso como mediador para terminar las hostilidades. Dejaría su palabra de honor y como rehenes a su hermano Miguel, su cuñada y a la entrañable tía “Ma”. El Gobierno desoyó la propuesta.


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Prensa alicantina el 18 de Julio

Callosa
A principios de septiembre había sido nombrado ya un presidente para el Tribunal Popular de Alicante. Una de las primeras reuniones de dicho Tribunal fue para juzgar a los cincuenta y dos falangistas de Callosa de Segura y de Rafal que tomaron parte en la intentona del 19 de julio para liberar a José Antonio. En aquel momento, los falangistas de un pueblo próximo a Alicante acordaron dirigirse y asaltar la prisión provincial para liberar a su jefe. En el pueblo trabajaba una sección local muy numerosa de comunistas y tuvieron noticias de la aventura de sus paisanos. La acusación explica que los procesados, el día 19 de julio de 1936, se reunieron en la finca “La Torreta”, del término municipal de Callosa del Segura, tras haber sido invitados por el destacado elemento de la Falange Española, Antonio Masiá (El Pollo), y se acordó venir sobre Alicante un centenar de hombres, en dos camiones y debidamente armados.  Según la relación de los hechos, sobre las cuatro y media de la ya citada fecha, emprendieron el viaje desde Alcoy hacia la capital evitando la carretera general, viajando por la de Almoradí a Guardamar y Santa Pola. Buscan el paraje de Agua Amarga, frente al puente de Hierro, lugar adecuado para guarecerse, debido a las muchas cuevas que existen por las cercanías de aquel barranco. 

El primer camión se paró a esperar al segundo, que se había averiado. La presencia de los falangistas llega a oídos del gobernador. A las siete de la tarde del mismo día, desde Alicante, salió a su encuentro una compañía reforzada de guardias de Asalto, al mando del capitán Rubio Funes. Cuando se encuentran, las dos fuerzas enemigas bajan de los camiones e intentan desplegarse. Se produjo un enfrentamiento a tiros, a resultas del cual recibieron heridas un guardia de asalto y dos fascistas, de gravedad. Mientras los hombres del primer camión se rinden a la Guardia de Asalto, los hombres del segundo camión se dispersaron sin bajas.


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Los falangistas presos fueron conducidos a la cárcel donde recibieron una paliza por herir a un guardia de Asalto. El Tribunal Popular que juzgó a los fallidos libertadores de José Antonio se reunió el uno de septiembre de 1936. Estaba integrado el tribunal por su presidente, el magistrado Vidal Gil Tirado. Después del juicio de José Antonio, a principios de diciembre de 1936, Gil fue premiado con el nombramiento de magistrado del Tribunal Supremo.  El Tribunal Popular lo formaban además los magistrados Julián Santos Cantero y Rafael Antón Carratalá; y los vocales jurados, José Carratalá Vallcarnera, Julio Moreno Peláez, Francisco Vega Sánchez, Rafael Gomis de Cádiz, Felipe Irala Romá, Julio Garijo García, Juan Lillo Planelles, Pascual Triguero Rubio, Rafael Lledó Asensi, Pascual García Guillamón, Alfonso de la Encarnación Vélez, Salvador Martí Forment, Luis Arráez Martínez y Juan Pomares Castaño. El proceso se celebró en el Hogar del Soldado, del cuartel de Benalúa. En el banquillo de los acusados se sentaban 52 personas, hombres normales, labradores en su mayoría; otros, procedentes de talleres artesanales y pocos de profesiones cualificadas; todos coincidían en un mismo sueño: salvar a José Antonio. Ahora han despertado del sueño. Están rodeados por centenares de milicianos agresivos armados con fusiles y subfusiles, los tienen encadenados. 

El fiscal les acusa a todos del delito de rebelión y agresión a las Fuerzas Armadas. Al juicio asistieron centenares de socialistas y anarquistas que insultaron y vejaron a los acusados. El 12 de septiembre el fallo del tribunal fue rápido y letal: Pena de muerte a cincuenta y dos de los procesados. El día dieciocho de ese mes, el Gobierno Civil comunicó que, a las cinco de la madrugada, más de medio centenar de hombres valientes habían sido ametrallados: la sentencia se había cumplido.

Canje
José Antonio, por suerte, había sido trasladado, en julio de 1936, de la cárcel Modelo de Madrid a la de Alicante. Esto permitió que hubiese negociaciones para canjearlo por algún preso republicano de la misma importancia. El candidato fundamental era el hijo del líder socialista Francisco Largo Caballero. Cuando estalló la guerra, el joven Largo cumplía el servicio militar en la unidad de Transmisiones del Regimiento de El Pardo. Esta unidad llegó a planear la ejecución del presidente Manuel Azaña, que tenía allí su residencia. Al estallar la guerra y fracasar el golpe en Madrid, la unidad se marchó a las cercanas posiciones de Segovia, en poder de los nacionales, y se llevó con él a Largo hijo. Lo trasladaron a Sevilla, donde Gonzalo Queipo de Llano lo custodiaba. Compartió calabozo una temporada con el falangista Patricio González de Canales, mal visto por el general Queipo de Llano.



En septiembre de 1936, Francisco Largo Caballero, accedió a la presidencia del Gobierno. Su antecesor en el cargo, José Giral, entonces ministro sin cartera encargado, entre otras, de la labor de gestionar los canjes de prisioneros, planteó ante el consejo de ministros, formado por PSOE, PCE, PNV, Izquierda Republicana, Unión Republicana y Esquerra Republicana de Catalunya, el canje de Primo de Rivera por el hijo de Largo Caballero. Sin consideración alguna, todos los grupos políticos se opusieron y el propio presidente zanjó el tema: «Señores, no me obliguen ustedes a asumir el papel de Guzmán, el Bueno». La sentencia de muerte a José Antonio fue ratificada por todo el gobierno del Frente Popular por unanimidad. El ministro de Justicia del Gobierno de Largo Caballero, el anarquista Juan García Oliver, escribe que en la reunión del Consejo de Ministros nadie se opuso al fusilamiento de Primo de Rivera.
Inasequible al desaliento, el falangista Eugenio Montes, amigo de José Antonio, tuvo encuentros en París, donde viaja como corresponsal del diario El Debate con José Ortega y Gasset, Felipe Sánchez Román y Santiago Alba. También con el ministro galo Yvon Delbos y lady Asquith, esposa del príncipe Bibesco, embajador rumano en España. Según escribe Maximiliano García Venero, Montes viajó a Burgos desde París para informar a Manuel Hedilla de que sus gestiones habían tenido éxito, y que Indalecio Prieto, exigía treinta rehenes y seis millones de pesetas a cambio del líder falangista.

Poco después Prieto se desdijo aduciendo, argumento creíble, que la cárcel de Alicante estaba custodiada por milicianos de la Federación Anarquista Ibérica, y que el Gobierno no tenía autoridad para llegar allí y ordenar que sacasen a ningún preso y menos a ese. Era el lamentable espectáculo de desgobierno afgano en el área republicana, con las bandas y partidas campando por sus respetos. Prueba de ello hay en los Diarios del presidente Azaña.

Indalecio Prieto también intervino en el parlamento para defender a José Antonio. Usó la ironía y la autoinculpación: «¿Qué es lo que se castiga en el Sr. Primo de Rivera? ¿La tenencia de seis o siete armas en su casa? Yo no quiero hacer revelaciones excesivas porque no voy para mártir, pero, probablemente, si hicieran un registro en mi casa, no las encontrarían en un número menor (Risas). Tal se están poniendo las cosas, señores Diputados, que hay que extremar los casos de defensa personal y de prevención porque, en último término, el estado en que se coloca el Sr. Primo de Rivera con la tenencia de armas es un estado de prevención (Risas)... en el caso del Sr. Primo de Rivera, por los odios y las hostilidades que en él se concentran, estaría justificada una protección policíaca. No le invitaré a que la solicite y además le aconsejaré que la rechace si se la ofrecen, porque yo que la padecí le aseguro que no sirve absolutamente para nada (risas), aparte, naturalmente, de ir desfilando por las calles de Madrid en comitiva grotesca y tan numerosa como la del Circo Krone (más risas). Fíe Su Señoría preferentemente en sus arrestos personales y en los que suscita la devoción de sus amigos».

Otro intento lo inició el jefe territorial de Falange en Marruecos, Ramón Cazañas, que sabía que la familia del general Miaja estaba presa en el bando nacional. Propuso «canje de José Antonio y toda su familia por las detenidas... toda su vida, Miaja recibirá el doble de la paga de general...en un banco extranjero». Cañizares, sin permiso de Franco ni de Hedilla, no pudo obtener el salvoconducto para que su enviado pasara a Orán.

Un nuevo intento tuvo como protagonista el canje de varios millones d epesetas y el diputado socialista asturiano Graciano Antunia por José Antonio.

Sobornos
De forma paralela los alemanes ofrecieron a Franco el concurso de varios buques de guerra para rescatar a Primo de Rivera. El 5 de septiembre, la representación del bando alzado en Lisboa se dirigió a la legación alemana para instar al traslado de un funcionario teutón a algún barco bajo este pabellón atracado en Alicante a fin de que iniciara las gestiones para liberar a José Antonio. Nueve días después, el alto mando de la Armada alemana, Kriegsmarine,  dio el visto bueno a la petición. La condición para llevar a cabo esta operación era que no lesionase los intereses de Alemania que, en teoría y «pese a estar ayudando militarmente a Franco desde el mes de julio, seguía manteniendo cordiales relaciones diplomáticas con la República» .

De las decisiones tomadas se informó al alto mando y al mayor WaltherWarlimont enviado a España como plenipotenciario del Ministerio de Guerra del Reich desde septiembre de 1936, para trabajar como consejero militar del general Franco. Se le solicitó además el envío de otros dos millones de pesetas para asegurar que llegaría a buen puerto el intento de sobornar a la gente de la Federación Anarquista Ibérica.


Agustín Aznar, antiguo jefe de Primera Línea, se fue a Cáceres a visitar a Franco en compañía de otros doce falangistas. De allí marchó a ver a Queipo de Llano, quien le dio un millón de pesetas extraídas de la caja del Banco de España de Sevilla. Era septiembre de 1936. Una vez conseguido el dinero, la partida de falangistas embarcó en Chipiona, en el torpedero alemán Iltis, que les llevó hasta Alicante, a la zona roja. El día 16 de septiembre, el alto mando de la Marina en Berlín telegrafió a los navíos Iltis y Admiral Graf Spee para que ejecutaran la operación. El 17, el Iltis llegó a la altura de Alicante con un grupo falangista mandado por Agustín Aznar y en el que se encontraba Rafael Garcerán. Allí contaban con la ayuda de Hans Joachim von Knobloch, cónsul alemán honorario en la ciudad levantina, rechazado por el gobierno republicano por ser más un militante del NSDAP de Adolf Hitler que un diplomático.

La presencia de los buques alemanes entonces estaba justificada. Era la segunda quincena de septiembre cuando Alicante era el puerto de evacuación de la colonia alemana en España y de otros extranjeros. Por él  habían huido, entre muchos, Lolita y Pilar Primo de Rivera; la esposa de Fernando Primo de Rivera, Rosario Urquijo; Rafael Garcerán y el obispo de Murcia.
Agustín Aznar entró en Alicante con un pasaporte alemán a nombre de August Gaetner, expedido por el consulado nazi en Sevilla. Para desembarcar tuvo que hacerlo de forma clandestina porque el encargado de Negocios de la embajada alemana en Madrid, Voelckers, que estaba en Alicante para organizar allí las dependencias consulares, prohibió el desembarco de los españoles del torpedero. Una vez en Alicante, Aznar se entrevistó con dirigentes republicanos, incluso con Cañizares del PSOE. A éste le ofreció los seis millones de pesetas y el paso de él y su familia a la zona nacional. El socialista se negó porque la cárcel estaba tomada por la Federación Anarquista Ibérica.

Aznar tomó con contacto con las hermanas Carmen y Matilde Pérez, ambas falangistas e hijas de un práctico del puerto de Alicante que, dice el libro de García Venero, pasó, a través de Von Knobloch, información sobre buques llegados al puerto para que fuesen bombardeados por los sublevados. Entre todos buscaron a un anarquista sobornable. Éste resultó ser un jefecillo al que apodaban “El Vaselina”, de filiación cenetista. Von Knobloch se le acercó haciéndose pasar por periodista. Le ofreció 10.000 pesetas de entonces, el sueldo de cinco años y medio de un guardia de Asalto,  por conseguirle una entrevista con Primo de Rivera. El Vaselina se prestaba con facilidad al soborno, Hans Joachim se animó y le ofreció abiertamente un millón de pesetas por liberarlo. Para hacerse una idea, la CNT declaraba poco más de treinta millones de pesetas en sus cuentas de toda España. 

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El dinero era cantidad suficiente para él y para su sindicato si quería. “El Vaselina” contestó: es difícil, pero se puede intentar. El problema es que no bastaba con obtener la aquiescencia de la CNT, el traslado del preso exigía varias firmas para darle cierto control al gobernador civil. Von Knobloch le dijo al anarquista que le presentaría a un francés, quien iba a financiar la operación. El falso galo era Agustín Aznar. El Vaselina les apremió. Adujo que habían llegado de Málaga varias personas con el objetivo de matar a José Antonio. El gobernador de la provincia, Francisco Valdés, había reforzado la guardia de la cárcel.

Ese día 22 de septiembre, horas después de aquella entrevista, milicianos armados detienen a Agustín Aznar en una casa de comidas. Le reconoce un oficial de la Guardia de Asalto. El médico falangista se zafa como puede. Consiguió escapar y buscó refugio entre los alemanes. Lo logró aunque no sin que se produjera por esa causa una agria controversia entre los funcionarios germanos. 

Entonces se intenta llevarlo al torpedero, pero Voecklers se niega y ordena a su protocónsul que el falangista abandone la legación consular antes de cuatro horas. Von Knoblock busca un uniforme de teniente de navío alemán para camuflar a Aznar. El falangista está demasiado gordo pero logra enfundarse una chaqueta ajustadísima y unos pantalones prendidos con imperdibles. De esa guisa llegan al puerto donde Aznar, acompañado por los otros falangistas, embarca en el acorazado de bolsillo Almirante Graf von Spee. El 5 de octubre, Aznar y Garcerán, sin lograr el rescate de Primo de Rivera, abandonaron aguas alicantinas en el barco alemán. Von Knoblock fue expulsado de Alicante, ante sus actuaciones “claramente pronazis”, pero desde Sevilla siguió trabajando para el rescate del líder de Falange.

Comando Uzcudun
En paralelo, visto el fracaso, Hedilla y Aznar le plantean a Franco la opción de una operación de comandos. Según García Venero, Franco dio su aprobación. Un centenar de falangistas fue concentrado en Sevilla, entre los cuales, por cierto, se encontraba el primer español que brilló en la elite de los pesos pesados de boxeo: Paulino Uzcudun. Fue un mes y medio de entrenamiento, pero el comando no llegó a actuar. El plan necesitaba de la complicidad de alguien en zona roja pero, a pesar de llegar a ofrecer los falangistas ocho millones y rescatar, junto con José Antonio, al cómplice, no lograron encontrar uno. La inteligencia republicana también tuvo conocimiento del comando. Las Armadas italiana y alemana no querían verse comprometidas en un asalto directo. Se iniciaría así una recta final que concluiría el 20 de noviembre de 1936 con su fusilamiento en la cárcel de Alicante.

Ibarra
El 6 de octubre Agustín Aznar, Rafael Garcerán y el profalangista cónsul alemán Hans Joachim von Knobloch llegaron a Sevilla y buscan otro plan para liberar a José Antonio. Los falangistas eran partidarios de equipar un barco de Ibarra para trasladar en el mismo un grupo armado que rescatara a los Primo de Rivera mediante un golpe de mano. El cónsul, por el contrario, abogaba por intentar de nuevo el soborno, ahora a través del gobernador civil al que conocía personalmente. El criterio de Knobloch se impuso. Además, el alemán podía usar ahora como mediador a Gabriel Ravelló, persona a la que había ayudado a huir de la zona controlada por el Frente Popular en agosto y que además era un buen amigo del gobernador republicano de Alicante. Ravelló era delegado de la naviera Ibarra.
En una entrevista Von Knobloch informa a Franco del plan. El consignatario de la naviera Ibarra en Sevilla, Gabriel Ravelló, iría a Alicante provisto de algunos millones de pesetas.

Una vez llegado su barco, los marinos debían presentar sus respetos al gobernador civil, por lo que éste subiría al barco. Una vez en el barco, Pérez, el práctico del puerto procuraría un encuentro discreto entre el gobernador Valdés y Ravelló en el que éste trataría de sobornar al gobernador para que salvase a José Antonio. Franco aprueba el plan.
Berlín concedió también su autorización insistiendo en evitar que las autoridades alemanas quedaran comprometidas. El 12, el torpedero Luchs atracó en Algeciras a las 12.50 para recoger a Von Knobloch, a Gabriel Ravelló y a Pedro Gamero del Castillo. El 13 de octubre, a las 11.50, los tres eran transbordados al buque cisterna Hansa.

Ese mismo día tuvo lugar una entrevista entre el vicealmirante Rolf Carls, Von Knobloch y el consejero de la Embajada alemana Karl Schwendemann. Von Knobloch les expuso los dos planes de liberación: intento de soborno del gobernador civil de Alicante, que no debería exceder de los tres días, o mediante un golpe de mano. Mantenían una posibilidad de liberación a través del soborno de gente de la FAI. Este intento no debe verse obstaculizado por otras medidas. Los alemanes quitan importancia al soborno del gobernador porque entienden que éste no detenta ningún poder real sobre los milicianos anarquistas que custodían la prisión y es bastante posible que informe a las autoridades republicanas lo que colocaría al Reich en una situación comprometida. En último extremo, recurrir a la fuerza cuenta con probabilidades de éxito aunque incluye el riesgo de que los guardias disparen sobre José Antonio que está muy vigilado.

A mediados de octubre, el vicealmirante Rolf Carls, comandante en jefe de las unidades navales alemanas en España, autoriza el plan.  
El 18 de octubre, la Embajada comunicó que había llegado el enlace que realizaría la liberación de José Antonio y Miguel. Como condiciones pedía tres millones de pesetas, la ayuda de colaboradores y encontrar el momento adecuado. Al día siguiente, Rolf Carls recibió un telegrama de Warlimont en el que se le informaba de una serie de deseos de Franco relacionados con el plan de rescate de José Antonio. De acuerdo a éstos, debería intentarse rescatársele sin adelantar dinero, entregarlo sólo a cambio de la persona y a bordo del buque, regatear el precio y no permitir que interviniera el cónsul Hans Joachim von Knobloch. Los deseos del general Franco coincidían con las tesis de los alemanes. Abogaban por seguir intentando el rescate de José Antonio pero, a la vez, deseaban evitar situaciones comprometidas. 

Ahí debe entenderse la referencia a que no interviniera Von Knobloch que también compartía el vicealmirante Rolf Carls y ha llamado la atención de Ángel Viñas.
La noche del 20 de octubre, el vicealmirante Rolf Carls fue informado por Otto Ciliax, el capitán de navío que mandaba el acorazado de bolsillo de doce mil toneladas Admiral Scheer, de que la acción de la embajada a través de una persona de la FAI seguía pareciendo el medio más seguro de liberar a José Antonio. Sin embargo, no se abandonaron otras vías.

En el buque cisterna Hansa ya en Alicante el diplomático nazi, Gabriel Ravelló y Pedro Gamero del Castillo llamaron al encargado de Negocios Voecklers para que subiese al barco a visitarlos, pero éste se negó. Atracó en el puerto el buque insignia alemán, el Deutschland, al mando del vicealmirante Rolf Carls. Allí se presentó Voecklers, y prohibió a Von Knobloch que intentase abordar al gobernador.

El 21, el capitán Ciliax visitó al gobernador republicano con la intención de que éste se viera obligado a devolvérsela y así poder tratar con él de la liberación de Primo de Rivera en territorio alemán. Ese mismo día, Otto Ciliax recibió un telegrama del mayor Warlimont, agregado alemán al Caudillo, en el que le informaba de que si las gestiones tenían éxito se mantuviera el secreto y que, “con cualquier pretexto”, apartara a Von Knobloch de José Antonio. Von Knobloch estaba involucrado emocionalmente con la Falange, Agustín Aznar le había conferido la categoría de jefe de bandera honorario. Su intervención podía desencadenar un incidente diplomático que el Reich deseaba evitar. Con esa finalidad el vicealmirante Rolf Carls prohibió a Knobloch que bajara a tierra dado que ya era muy conocido en gestiones similares y muy próximas en el tiempo. El telegrama seguía. 

José Antonio rescatado debería ser examinado por un español que sería enviado al efecto. La razón dada por el mando nacional: «Existen dudas acerca del estado de salud mental de Primo». Entre las razones que pueden explicar esto han indicado alguna filtración sobre un intento de mediación para acabar la guerra que José Antonio había ofrecido al republicano Martínez Barrio. Si el gesto obedecía a una añagaza para escapar de la prisión, no tenía mayor importancia para los rebeldes. Pero José Antonio dejaba detrás a su hermano y la esposa de éste. Si se trataba de una pérdida de convicción del fundador de Falange en la justicia del Alzamiento la situación podía ser delicada. Aquella misma noche el capitán Ciliax solicitó telegráficamente a Carls información sobre las razones por las que Von Knobloch no debía intervenir en los intentos de liberación. La respuesta de Carls fue que debía obedecer las órdenes que había recibido. Kriegsmarine obliga.

El 22 de octubre, como estaba previsto, el gobernador civil Francisco Valdés visitó el Admiral Scherr a las 6.25 de la tarde. En el barco le esperaban no sólo el capitán del navío sino también Von Knobloch, Ravello y Gamero del Castillo. El oficial alemán fue tajante y puso a sus hombres a custodiar el camarote parqa evitar la intervención de los españoles en la entrevista. El encuentro sólo se celebró entre el capitán Ciliax y el gobernador. Al interés expreso del comandante alemán por la vida de Primo de Rivera, el jerarca republicano respondió con sugerencias de mediación internacional que podían tener éxito. El diplomático alemán Völckers se opuso a la intervención en la entrevista de los otros personajes. Temía, como diplomático, las reacciones que podía ocasionar el que un gobernador republicano se entrevistara con un enviado de Franco en un barco de guerra alemán. 

La operación había fracasado por lo timorato de la forma de abordar al gobernador, que en todo caso carecía del poder suficiente; por no haber encontrado un contacto fiable entre los milicianos que aceptara el soborno y por no ir preparados para un desembarco directo que con éxito o sin él hubiera implicado a Berlín en los primeros meses de la guerra civil española. De hecho, Primo de Rivera era el menos germanófilo de los falangistas. Había criticado el régimen nazi tras su visita a Alemania diferenciándolo del gobierno del Duce al que ensalza: «Alemania e Italia, y notad que no sólo no son similares, sino que son opuestos radicalmente entre sí; arrancan de puntos opuestos. El de Alemania arranca de la capacidad de fe de un pueblo en su instinto racial. El pueblo alemán está en el paroxismo de sí mismo; Alemania vive una superdemocracia. Roma, en cambio, pasa por la experiencia de poseer un genio de mente clásica, que quiere configurar un pueblo desde arriba. El movimiento alemán es de tipo romántico; su rumbo, el de siempre; de allí partió la Reforma e incluso la Revolución francesa, pues la declaración de los derechos del hombre es copia calcada de las Constituciones norteamericanas, hijas del pensamiento protestante alemán».

El 26 de octubre llegó a aguas alicantinas el torpedero alemán Luchs para trasladar a Von Knobloch y a sus acompañantes españoles a Algeciras. Ese mismo día Otto Ciliax recibió un telegrama del vicealmirante Rolf Carls en que le informaba de que confiaba que “el asunto Primo de Rivera” se resolviera esa semana. Los alemanes siguen intentando lograr la libertad de José Antonio. El día 4 de noviembre, Warlimont comunicó a Carls que Franco seguía interesado en liberar a Primo de Rivera. Antes de que se devolviera el dinero, el Caudillo proponía un último intento consistente en canjear a José Antonio por una suma de dinero —que no debería exceder los tres millones de pesetas de que ya se disponía— y por un diputado socialista por Asturias, Graciano Antunia. En caso de que este intento fracasara, el dinero debería ser devuelto ya.

Recuérdese que las primeras partidas de armas que recibieron los nacionales se pagaron con un crédito de medio millón de pesetas. Los sublevados no disponían del Banco de España. Una semana después —el día 11 de noviembre— la Embajada aún creía posible la liberación de José Antonio y Völckers solicitó que se le enviara más dinero necesario para seguir avanzando en los intentos de soborno. Era tarde. Dos días después de la última solicitud de Völckers se dictó auto de procesamiento contra José Antonio.

El mensaje de Azaña
Del tímido desvelo de Azaña por salvar a José Antonio hay un indicio confirmado por el doctor Francisco Vega Díaz (Sevilla, 1907 - Madrid, 1995), que desveló en la agonía el secreto guardado escrupulosamente durante cincuenta y cinco años. En noviembre de 1936 había entregado personalmente un mensaje a José Antonio en la cárcel de Alicante. El doctor Vega relata en “Ultimidades” cómo Amós Salvador, antiguo y gran amigo de Azaña, envuelto en extremadas precauciones y muy complicadas instrucciones le encomendó «un sobre privadísimo», sin señas, que habría de entregar en mano a una persona hasta la que llegaría siguiendo una cadena misteriosa compuesta por enlaces prevenidos... Finalmente, cuando llegó a estar a solas con esa persona en una dependencia de la cárcel de Alicante, el doctor Vega reconoció al destinatario del mensaje de Azaña: era José Antonio Primo de Rivera. En un diálogo escueto, el doctor Vega y José Antonio se saludaron recordando sus encuentros en el café Lyon, de Madrid, en las tertulias literario-políticas de La Ballena Alegre.  El doctor le entregó a José Antonio el sobre, quien lo abrió y extrajo de él un papel manuscrito. Lo leyó y releyó. Sólo hizo un comentario: «No podía esperar menos de él. Lo agradezco con toda el alma». Luego añadió: «Cumplo con el compromiso, aunque me gustaría conservar este papel». El propio Primo de Rivera sacó de su bolsillo una caja de cerillas, encendió una y quemó papel y sobre en un cenicero. El doctor Vega deshizo la ceniza con los dedos.  Antes de ser llevado de nuevo a su celda, José Antonio se despidió del doctor Vega con un apretón de manos y estas palabras: «¿Volveremos a vernos en La Ballena Alegre? Pienso que no... ». Vega relata después en su libro, con la misma acumulación de precisiones, cómo dio cuenta de haber cumplido su misión, cómo quedó comprometido a no comentarla, y cómo, años después, asistiendo de un gran infarto de miocardio a Amós Salvador, que falleció en 1963, este le reveló que el mensaje entregado a José Antonio provenía de Azaña.
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Payne dice con razón que a José Antonio le cautivó el mito de Azaña. El artículo que publica en Arriba, el 25 de febrero de 1936, era positivo hacia Azaña.

El 18 de noviembre José Antonio hace testamento y nombra como sus albaceas a sus amigos Raimundo Fernández Cuesta, falangista, y Ramón Serrano Suñer, de la CEDA. Escribe: «Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles». Juan García Oliver, dirigente de la CNT y ministro de Justicia, declara que Largo Caballero aprobó la ejecución. El jefe de la Comisión de Orden Público de Alicante ordenó el fusilamiento de José Antonio y otros cuatro presos el día siguiente, dos carlistas y dos falangistas. Las balas de los milicianos anarquistas unificaron primero. Ese día enterraron catorce españoles en la fosa común. El conserje del cementerio impidió a un miliciano que quitase a José Antonio el pequeño crucifijo que aún sostenía en sus manos. A requerimientos de la embajada británica que se interesó por la veracidad de la muerte el juez Federico Enjuto acudió al cementerio después a dar una prueba al Foreing Office británico. «En presencia de Juan Ramón Jiménez diría el juez Enjuto: José Antonio fue enterrado de bruces y con la cabeza hacia abajo para que, si resucitaba, no pudiera ir hacia arriba». Eso da la medida de la fuerza del mito que tenía recién muerto. Se agigantaría.

El mito del rescate: Las sospechas
Los mitos tienen más fuerza que la verdad cuando los asumen los pueblos. Entre los españoles corrió el rumor: Franco permitió que fusilaran a José Antonio. Razones no le faltaban pues el joven Primo de Rivera no iba a comer de su mano como lo hacían otros de la Vieja Guardia, los veteranos falangistas. Precisamente por eso, algunos mandos de la Falange tenían miedo al regreso de José Antonio, porque sabían que desaprobaría su conducta y quedarían fulminantemente destituidos.

«Para Franco la cuestión era muy delicada, dada la poca confianza política que la Falange tenía en él. Si se hace cargo de la operación y fracasa, cae la responsabilidad sobre sus espaldas. Si no hace nada, se le culpa de omisión. Dejó la iniciativa a la Falange y ayudó en la medida en que pudo... Pese a las acusaciones de algunos falangistas no existen pruebas que justifiquen las sospechas sobre la conducta de Franco en esta cuestión. Ni siquiera los alemanes, que desconfiaban de muchos rebeldes por considerarlos como reaccionarios, parecen haberlo puesto en duda».

Juan de Borbón, a través de su madre, la reina Victoria Eugenia, recibió la gestión de buscar un buque británico para intentar un intercambio en Alicante. El padre del rey Juan Carlos aseguraba «de forma categórica que esta iniciativa fue vetada directamente por Franco». 

José Antonio fue ejecutado al amanecer del día 20 de noviembre, junto a otros presos políticos. Al morir «no hubo en su actitud la menor jactancia», reconoce Payne. La fuente que narra sus últimos momentos es un anarquista del pelotón que le fusiló en cumplimiento de la sentencia ilegal de un Tribunal Popular. Es evidente quién es el autor material y no hay prueba alguna de que semejante resultado se debió a la desidia o incluso a la mala voluntad de Franco. César Vidal cree que «se hizo todo lo posible —desde el golpe de mano al soborno— y en el empeño intervinieron desde camisas viejas a agentes del III Reich».

El empeño republicano por fusilar a José Antonio fue un error. Algunas teorías sostienen que Indalecio Prieto quería que José Antonio acabase en zona nacional como bomba de relojería, porque consideraba que sus ideas anticapitalistas socavarían la retaguardia ideológica de los sublevados y sembrarían la división. La muerte del Jefe Nacional no minó un ápice la combatividad del bando sublevado y su supervivencia, mientras que su vida, como poco habría supuesto un problema para Franco pues José Antonio habría puesto muchas dificultades al decreto de unificación que creó la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Prieto sabía que Franco conseguía la victoria por la unidad férrea bajo su mando, Primo de Rivera hubiese resquebrajado esa unidad.

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Tampoco el profundo carácter cristiano de José Antonio hubiera asistido impávido al papel de algunos falangistas camisas nuevas en la represión de la retaguardia. “Fui yo el que abrió el fuego para pedirle información sobre la represión de que habían sido objeto en 1936-1937, los socialistas y libertarios de Valladolid, donde él había sido delegado provincial de Falange. Me especificó que en los primeros tiempos de la guerra el delegado provincial era José Antonio Girón de Velasco, el que más tarde sería Ministro de Trabajo de Franco. Fue Dionisio el que le sustituyó. Más tarde, gracias a Pedro Laín Entralgo, también falangista, supe que la sustitución había sido bastante crispada, ya que Dionisio llegó a decirle a Girón que si quería matar rojos que se marchase a las trincheras. Y Laín me precisó que en cuanto Dionisio llegó a Valladolid se terminaron las ‘ejecuciones por libre’”.

Gustavo Morales.

2 comentarios:

  1. Magnífico resumen periodçistico y verídico, escrito por Gustavo el añorado..,¡Quien si no?

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