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viernes, 23 de noviembre de 2018

Una distopía


Lo que sigue no es más que una distopía, es decir, según el diccionario, un mundo imaginario, recreado a través del cine o la literatura, que se considera indeseable, vamos, como cuando un aún joven Orson Welles, emitió por radio para todo Estados Unidos una escenificación de La Guerra de los Mundos de H.G. Wells y la población se aterrorizó creyendo que les habían invadido realmente los extraterrestres.

La gente llevaba mucho tiempo asistiendo impertérrita y sin conceder importancia al progresivo deterioro de la convivencia y no mostraba atisbo alguno de reacción. El separatismo y el secesionismo propiciados por las infinitas concesiones realizadas, desde que se introdujo en la Constitución el Estado autonómico, a las regiones, constituidas en "miniestados", fue el germen del progresivo desvalimiento y vaciamiento de poder de las instituciones estatales. Cada vez se tenía menos control sobre los jefecillos locales, que, tras años de derramamiento de sangre en las calles, donde cayeron cientos de servidores del Estado, militares, policías y ciudadanos normales, pasaron a la táctica de la sublevación política y la desobediencia a las normas. Todo ello era el caldo de cultivo propicio para lo que vino después.

Y entonces llegó el comienzo de la Revolución. El principio fue la maniobra golpista del Partido opositor desbancando de forma ilegítima al Gobierno conservador anterior por medio de una moción de censura apoyada por los peores enemigos de la Nación, separatistas de varias partes del Estado filoterroristas y comunistas, y para la que tomaron como excusa una sentencia condenatoria por corrupción del partido gobernante, en la que el juez (presuntamente allegado políticamente al partido opositor), introdujo burdamente un comentario sobre la poca credibilidad del Presidente (el cual ni siquiera estaba imputado). 

Esa moción de censura fue pactada de antemano con los golpistas que perpetraron la rebelión el año anterior, así como con los demás separatistas, los amigos de los terroristas y los comunistas,  con los que se conformó un Frente Popular a fin de hacerse con el poder sin pasar por las urnas y elevar a la Presidencia del Gobierno a un personaje sin escrúpulos, moral ni principios.

Después acontecieron abundantes hechos que hacían patente la connivencia del Gobierno con dichos grupos enemigos del Estado, como  fueron diversas maniobras,
dirigidas por la titular del Ministerio de Justicia, encaminadas a dejar impune la citada intentona golpista: promesas apenas disimuladas de indultos a los golpistas una vez se
produjeran las sentencias, manipulación y presiones a los jueces implicados en esos procesos y a la abogacía del Estado, para la dirección de la cual se nombró a una persona afín ideológicamente, y a la cual se forzó a reducir su petición de penas a los golpistas, llegándose a destituir a uno de esos Abogados del Estado que se negó a
tamaña indignidad. 

Todo ello envalentonó a los golpistas que ya se atrevían día sí, día también, a insultar a los parlamentarios conservadores e incluso a escupir a Ministros, a los cuales no defendía ni su propio Presidente, el cual prefería atacar a la oposición conservadora, cuyos líderes eran amenazados a diario por las hordas golpistas, las cuales también amenazaban y atacaban a los jueces, incluso en sus propios domicilios.

El clima de violencia latente en las calles era ya tal que, en cualquier momento, podía dar lugar a un estallido que degenerara en un enfrentamiento civil, todo ello ante la mirada cómplice del Gobierno, que restaba importancia a los ataques sufridos por jueces, políticos y ciudadanía común que defendían la Unidad Nacional.

Entretanto el Gobierno ilegítimo adoptaba medidas populistas para mantener contentos a sus aliados comunistas y gobernaba a base de Decretos en lo que constituía una usurpación del poder y  un despojamiento de la capacidad de control de las Cámaras. Incluso llegó a intentar esquivar al Senado para poder aprobar medidas para las cuales era imprescindible su paso por este. 

Al mismo tiempo, se descalificaba y marginaba, quitándole todo derecho a la opinión, a todo aquel que no se adaptaba en sus opiniones o comentarios a las consignas políticas, religiosas e incluso morales del frente popular gobernante, así como se llevaba a cabo en la práctica y casi sin disimular, una persecución de la religión católica y sus criterios morales. Todo ello ante el silencio cobarde de la jerarquía eclesiástica.  Todo estos sucesos, y muchos más, fueron los que llevaron a la Nación a una gravísima situación que, de no ponerse pronto remedio, podía abocarnos a sucesos terribles.

No se preocupen, gracias a Dios sólo es una distopía, aún no nos han invadido los extraterrestres.

José María Ramírez Asencio.

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