Cuando la fidelidad, la lealtad, y la obediencia llegan a lo ilimitado - ALCÁZAR


Cuando la fidelidad, la lealtad, y la obediencia llegan a lo ilimitado

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Hiroo Onoda, subteniente japonés combatiente de la segunda guerra mundial se rindió en 1974 a las autoridades filipinas, después de ser autorizado para ello por su antiguo comandante, el Mayor Yoshimi Tanigucchi, y tras haber permanecido treinta años oculto en la jungla de las islas de Lubang.

La hazaña encierra en sí toda una magistral y ejemplar lección de honor, y pone de relieve, en toda su inmensa humanidad, la fidelidad, la lealtad y la obediencia de un teniente japonés. 



"YO HE HECHO LO QUE HE PODIDO"

"Victorioso o derrotado, yo he hecho lo que he podido". Son palabras de Hiroo Onoda, combatiente japonés que ha permanecido casi treinta años en la selva, en guerra con el enemigo de entonces, que para él lo ha venido siendo hasta el final. Su comandante le ordenó que no abandonara su puesto bajo ningún concepto, y Hiroo no lo abandonó. Dijo, y lo mantuvo, que no se rendiría mientras no recibiera la orden de hacerlo de boca de su propio comandante. Y fue necesario que éste, Yoshimi Tanigucchi, tuviera que ir a decírselo. y sólo entonces hubo rendición. Porque Hiroo Onoda conserva aún en su poder una orden del emperador disponiendo que los soldados se rendirían a los aliados, los enemigos, siempre que éstos les permitieran dar cumplimiento a dos condiciones inexcusables: que los jefes naturales autorizaran la rendición y que se les permitiera conservar su espada y efectos personales. 


En las ordenanzas miliares que nos enseñaron en la Academia de Alférez Provisionales estaba escrito, y escrito estará todavía, que cuando un oficial reciba la orden de mantener su puesto a toda costa, lo hará y santas pascuas, sin más buscar tres pies al gato para eludir el bulto. De que nos enteramos perfectamente de aquellas ordenanzas no hay que dar razones, sino la lista de los muertos por no haber querido abandonar aquel puesto que su comandante le había encargado defender y mantener.

He visto una fotografía del subteniente Hiroo Onoda de poco antes de la guerra, aparenta tener unos veinte años y está vestido de uniforme. Como lleva en la gorra militar una estrella, no lo he podido remediar: me he acordado de todos los Alféreces Provisionales, que se retrataron así, con la gorra y con el sable, las botas altas, las espuelas, y la intemerata, para morirse rápidamente, como el de José Carlos de Luna por "El Piyayo", por esta gente que hermosea su vida con el noble, aunque peligrosísimo, ejercicio de la lealtad. Y también me emociona que el enemigo de entonces, aquel que dejó al subteniente Onoda perdido en la jungla, y que le habría matado o se habría dejado matar por él, peleando cara a cara, haya dicho ahora, por boca del presidente de Filipinas, nuestro amigo don Fernando Marcos, cosas como ésta: "Luché contra los soldados japoneses durante más de cuatro años, y conozco bien su bravura, su perfecto entrenamiento, y su espíritu de disciplina".




El subteniente Onoda encontró en su país algunas cosas hermosas: su madre, por encima de todo, una anciana de ochenta y ocho años, y además la admiración y el respeto de sus compatriotas. El primer ministro japonés, dijo públicamente "Me alegro con toda mi alma que Onoda haya sido encontrado". Le esperaron también los haberes de los últimos treinta años. El equivalente a casi un millón de pesetas. Supongo, quiero suponer, que en alguna parte del Japón hubo un empleo para este hombre de cincuenta y dos años que dio al mundo semejante ejemplo de fidelidad y obediencia militar.




De todos modos, el presidente filipino hizo a Onoda una advertencia personal y amistosa: "Tengo la esperanza de que a su regreso a la civilización, no encuentre al mundo tan confuso y lleno de peligros que decida usted volver a la jungla". Puede que la del asfalto y aire contaminado sea para Onoda, como para todos los humanos, una jungla más peligrosa que la de los grandes y agobiantes espacios dominados por árboles, arbustos, yerbas, bichos, y ciénagas con la muerte a cuestas.



Hay otra fotografía en la que el subteniente japonés está saludando militarmente al jefe de las Fuerzas Aéreas filipinas, a quién se rinde de modo formal. No sé por qué, me ha recordado otra fotografía histórica, en la que un coronel español, barbado y enflaquecido por los sufrimientos, sale de un montón de ruinas para saludar militarmente a su general y decirle con el mismo acento y ademán que si se tratara de una parada o maniobras: "Sin novedad en el Alcázar, mi general". 




Este tipo de lecciones le confortan a uno y le curan de la amargura de tanta debilidad, de tanta cobardía, de tanta traición. Me curaría de muchas penas y de muchas dudas si pudiera saber cuántos japoneses, rusos, americanos, chinos, alemanes, franceses, españoles, también han enrojecido de vergüenza leyendo en la intimidad de su hogar la información, y mirando las fotografías de ese modestísimo subteniente, que habiendo recibido la orden de mantenerse en su puesto hasta recibir otra en contra, dio cumplimiento de ella sin la más leve tentación de traicionar a los suyos por comodidad y para evitarse sacrificios. Desgraciadamente, creo que los sonrojados habrán sido poquísimos. Las lealtades hasta semejantes límites no son rentables.

El subteniente Onoda falleció el 16 de enero de 2014, a la edad de 91 años.

Domingo Manfredi.






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