Agustín de Foxá: un poeta de Falange - ALCÁZAR


Agustín de Foxá: un poeta de Falange

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José María Ramírez
“Tú, hermano de taller y la tahona,
cerrajero que abriste nuestra puerta,
sereno de las tres de la mañana,
campanero de abril de altos balcones.
Maquinista del tren de mis veranos,
cochero del Retiro y de mi infancia,
guarda del césped, vendedor humilde
de globos y banderas; ¿por qué alzados
lucháis con odio contra mí y los míos,
y en la tarde de abril vais a esconder
como topos siniestros en la tierra?
Cuando ya la victoria da en los trigos
de nuestros campos, y hay un alba intacta
endurecida de clarines de oro
y de frescas canciones juveniles.”

Quien esto escribía nació Conde de Foxá el mismo año que José Antonio Primo de Rivera. Ese glorioso año de 1903, como si de una premonición se tratara, vinieron al mundo dos figuras egregias que ya figuran en la nuestra historia colectiva, egregio escritor y poeta Agustín, príncipe entre los príncipes José Antonio, español entre los españoles, mente y verbo privilegiados al servicio de una pasión : España.
Agustín, que fue diplomático y lo era antes del 36, era un hombre profundamente culto, pero con esa cultura que se implica, que vibra con la pasión por unos ideales y no esa otra que languidece mirándose continuamente al espejo de sus vanidades. Antes de la guerra civil ya había cumplido difíciles misiones diplomáticas en países conflictivos como Bulgaria o Finlandia, pero ello no le hizo vanagloriarse ni envanecerse y acudió como un tertuliano más a esa legendaria tertulia que, en el café Lyon de la madrileña calle de Alcalá, junto a la fuente de Cibeles y durante la segunda República, se arremolinaba alrededor del pensamiento emanado de José Antonio y que vino a llamarse “La Ballena Alegre”.
​Allí creció y se hizo mayor de edad una generación de escritores y poetas, en su mayor parte hoy relegados y condenados al olvido por no comulgar con la doctrina de los vencidos en aquella contienda fratricida, que han logrado mantener la impostura de una superioridad moral inexistente. Una generación que algún día recibirá la justicia que merece y las páginas en la historia de nuestra cultura que se les debe.
Hablo del propio José Antonio, de Samuel Ros, de Rafael Sánchez Mazas, de Víctor de la Serna, de Alfonso Ponce de León o Alfredo Marquerie entre otros muchos. Y allí estaba también Agustín de Foxa, que, como el mismo decía con su finísimo y elegante a la par que cínico humor, era “gordo, conde y fumaba puros”.
El ha sido uno más de los represaliados por la infame ley de memoria histórica, y no sólo por ser falangista o “de derechas” por haber apoyado el régimen de Franco donde continuó ejerciendo la diplomacia.
Quizá lo que más pueda molestar a la izquierda sectaria y mentirosa en su afán por modificar a posteriori nuestra historia es la manera en que Agustín, con un solo libro, es más, sólo con el título de ese libro, desmonta la fantasía de esa Arcadia feliz que pretenden hacernos creer fue la Segunda República: su “Madrid, de corte a checa”, aparte de una obra fundamental para entender esa etapa de nuestra reciente historia, es una prueba de cargo de lo que en realidad constituyó ese régimen destructor de la nación.
Agustín de Foxa, junto con otros, representó una brisa de aire fresco y una nueva emoción trufada de patriotismo en la cultura española, en el periodismo y en la poesía, donde su modernismo creó escuela y su vida, repleta de anécdotas brillantes que el mismo contaba, recontaba, y quizá inventaba, dejaron una impronta en esos tiempos que ya no volverán, donde la elegancia, el buen gusto y la cultura se imbricaban con los profundos y enraizados ideales, la pasión y el amor a España, sobre todas las cosas.
Queda mucho por decir de Agustín de Foxa pero eso será otro día, hoy despido estas líneas con estos inmortales versos suyos:

“…Y pensar que después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera
encarnará en la seda de las rosas…” 

 José María Ramírez Asencio.


















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